Tenemos la suerte de vivir en una época en la que los avances tecnológicos están a la orden del día. Por una parte, esto nos permite una vida mucho más cómoda en muchos aspectos, es una evidencia que cae por su propio peso y ni siquiera el más anacoreta lo pondría en duda, pero por otra parte esta misma evolución está robotizando nuestra naturaleza humana, aniquilando esos pequeños detalles que convertían una casa en un hogar, esos matices que definían una cancion como un cúmulo de sentimientos y no un simple archivo mp3 de uso y consumo,...
La tele fue el primer eslabón de esta espiral de deshumanización. En pocos años hemos pasado de tener la posibilidad de ver únicamente dos canales a poder ver cientos vía satélite, miles vía internet, descargar películas que aún no se han estrenado, escuchar discos a los que nunca podríamos haber accedido sin internet de por medio, leer poesía austrohúngara con un sólo click,... Y al mismo tiempo, este inabarcable abanico de posibilidades, en vez de enriquecernos, no hace más que degradarnos a base de saturación. Como dice el dicho, la avaricia rompe el saco y así como antes podíamos pasar un mes escuchando un solo disco, recién comprado, del que disfrutábamos hasta del olor de su libreto, ahora en un mismo día no nos sentimos llenos si no escuchamos 3 distintos, todos ellos inmateriales, archivos virtuales, que en su mayoría ya habremos aborrecido en dos días. Tenemos un mayor acceso al arte, pero hemos perdido la más mínima capacidad de emocionarnos y disfrutar mediante él. Es cierto que la formación personal de cada uno se basa en múltiples experiencias, experiencias de cualquier naturaleza, vitales, artísticas, paisajísticas,... y así como en este aspecto artístico más que una formación estamos provocando un atasco, por suerte aún nos quedan las experiencias sociales, que al fin y al cabo son las más decisivas de nuestra evolución personal.
Y entonces, víctimas de esta saturación, llega el día en que nos damos cuenta de que nada de lo que deberíamos disfrutar nos llena, el día en que una canción pasa de ser emoción a simple ruido, en que una película pasa de narrar una historia a ser una sucesión de imágenes como las de cualquier otra,... Hemos sido víctimas de la tecnología y tratamos de evadirnos de ella durante un tiempo, volver a los orígenes, a las noches de recogimiento, leyendo, escuchando la radio, cenando con calma y tranquilidad paladeando un sorbo de buen vino…. Pero ya es demasiado tarde, la espiral ha sido demasiado violenta. Ya nada de eso nos complace y envidiamos la capacidad de nuestros antepasados, cuya formación personal se basó exclusivamente en experiencias vitales, de disfrutar haciendo las más aburrida de las 'nadas'. Hemos sido deshumanizados.